Una mañana del domingo, decidimos emprender de nuevo el viaje, de la mano, pero no las manos físicas; sí las manos del alma, y fue allí cuando de nuevo, sonreí a color, cuando el matizante que se había posado en mis gestos, de nuevo tornaron. Me escabullí de la tristeza, y me acogí a la alegría.
¡De nuevo, le diste vida a mi vida!
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