miércoles, 16 de septiembre de 2015

Me deseo tanto que no espero que alguien llegue a mí con sus infames pensamientos de tocarme, de besarme, de recorrer cada centímetro de cuero. Yo misma me hago responsable de estas ganas. Pongo a prueba mi capacidad para imaginar y con ella, también, la de recorrer mi torso punteando desde la mitad de los senos hasta el monte de Venus que llaman... Dejándome guiar por el burdo sentir. 

Ahora, me encuentro entre la entrepierna, en el agujero más deseado por el hombre; punto G, le nombran, yo le llamaría D quizás por ser tan delicioso, o quizás E por ser exquisito, pero también P por propiciarme el temblor que sube desde los pies hasta la cintura, deseando más, más de mí. 

El aire se torna denso cuando todo se confabula para llegar a la cúspide del placer... 1, 2 y luego 3, estalla el deseo. Soy yo, amándome, consintiéndome, cuidando de mí.

¿Si no quiero estar conmigo misma, quién querrá?
¿Si no me deseo, quién lo hará?

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